martes, 5 de mayo de 2015

Aforismos, Sebastián Bermúdez


  • Es importante la gracia poética para expresar cuestiones de tan alto calibre, pues si no ¿cómo sería posible que una doctrina que pretende quitar los nudos al alma fuese atendida?
  • No existen límites, si los hubiera, los cuerpos estarían apelmazados o no existiría cuerpo alguno, ni siquiera mar o dioses. Por tanto, deben ser ilimitados tanto vacío como cuerpos.
  • Muchos opinan que hay centro del mundo, pero olvidan que el conjunto es inacabable e infinito.
  • No es posible que de una sola cosa, como el fuego, exista la variedad que nos es posible observar. A pesar de que tal cosa se espese o se esponje, sus partes seguirán conservando su naturaleza. Ahora bien, si es indispensable que dentro de dicha cosa haya diferentes ordenamientos para que así se produzca la variedad, pero si todas las partes de dicha cosa tienen su misma naturaleza, no sería necesario orden alguno entre las partes. Así, algo como el fuego, es producto de dicho orden más no es el origen de toda la variedad que existe. 
  • La libertad es una facultad innata en nosotros. ¿Cómo no habría de serlo si estamos compuestos de átomos y estos expresan su libertad en la medida en que eligen su desviación? Estos no tienen determinado ni tiempo ni dirección y optan por escoger lo que más gustosamente les parece para así chocar con otros. Si los átomos son libres es imposible que nosotros no lo seamos, es necesario que también elijamos nuestras desviaciones y nuestros choques.
  • El poeta afirma que toda desviación, la cual quebranta las leyes del destino y es fuente de indeterminación, surge en el alma y se distribuye en todo el cuerpo, se origina en el corazón e impulsa a todos los miembros, es guiada por la mente y dirigida hacia el gusto. Esta desviación no puede ser otra cosa que la libertad. En efecto, somos almas, corazones y mentes libres.
  • Si algo no se mueve por su peso, se mueve por su choque con otro. 

Sobre: Lucrecio, De rerum natura, Libro II. 

miércoles, 29 de abril de 2015

Carta, Felipe Urrego

Reflexión sobre el proceso de escritura

Abril 26 de 2015.
Bogotá D.C. 
Estimada profesora:

También a modo de carta, respondo a tu texto y a tu reflexión.

Me gusta mucho como planteas el hecho de que el lenguaje permite acercarnos a experiencias que extralimitan al mismo. Es algo complicado llegar a conceptualizar estas cosas. Recuerdo un seminario que veo este semestre sobre misticismo donde discutimos cuestiones del lenguaje similares a esta desde experiencias místicas medievales, y he llegado a pensar que, aunque se tiene un encuentro con  lo inefable, con lo inexpresable, se crea cierta necesidad de comunicarlo, de traerlo a nuestro horizonte de sentido. En la perspectiva del texto de la prof. Ángela Uribe, creería que esa necesidad podría tomarse como un esfuerzo por recuperar esa intersubjetividad perdida, por comprender a ese otro que aunque cercano se nos hace tan desconocido; y así abrir la posibilidad de tener un mundo compartido.

Hay algo que afirmas con lo que concuerdo: "Y entonces me pregunto cómo recibir una experiencia que no he padecido en primera persona, pero que me concierne y me interpela". ​​Es muy complicado acercarse a una situación tan grave cuando uno mismo no la ha vivido. Y ya que nos ocupa el tema de la lectura y la escritura, por medio de las mismas podría ser interesante alcanzar mayor cercanía con la situación. Por lo anterior, sería interesante ir un poco más allá del texto estudiado, revisar los documentos base que se usaron, pero sobretodo, ver si es posible leer relatos de las propias víctimas, pensar su perspectiva desde su escritura.

Me ha gustado el ejercicio, espero que sea beneficioso para el grupo en general, y particularmente para cada integrante del mismo.

Un gran saludo,
Felipe Urrego

Carta, Diana Acevedo

Reflexión sobre el proceso de escritura


La Soledad, Bogotá, abril 24 de 2015

Queridas(os) compañeras(os) del laboratorio de escritura:

Les cuento que encontré muchas cosas sugerentes en el texto de la prof. Ángela Uribe, quise relacionarlo con "La ceiba de la memoria" de Roberto Burgos Cantor, pero no logré ir más allá de ponerlo como epígrafe. Es una novela muy bella y muy conmovedora que, entre otras cosas, les recomiendo. Empecé un poco sin norte y a medida que iba escribiendo, iba encontrando el hilo de lo que quería escribir. Procedí de manera contraria a como lo hago con los textos académicos en los que me concentro en buscar una estructura clara y coherente con la tesis que quiero defender. En ese sentido, me pareció interesante que estaba escribiendo al tiempo que estaba buscando sobre qué escribir. Me gustó dejar que la escritura tomara forma a medida que avanzaba. ​Cuando leí, tomé notas, un poco parecidas a las que tomo cuando leo cualquier texto de filosofía, pero esta vez no estaba tan concentrada en los hilos argumentativos, sino en los temas y las afirmaciones que me llamaban la atención, que me parecían importantes y dignos de consideración. Me llamó la atención la plasticidad del lenguaje que permite indicar los bordes del sentido; la experiencia del daño como una experiencia límite y, sin embargo, comunicable de una manera muy peculiar por medio de las expresiones sobre las que la autora llama la atención. Me pareció interesante, además, la metáfora espacial del no-lugar, de la negación del horizonte de experiencia. Siento que querría seguir modificando este texto, seguir hilando las ideas que me llamaron la atención y llevarlas un poco más lejos. Para eso me gustaría contar con sus comentarios y las perspectivas que ustedes tuvieron sobre el texto.

Creo que una pregunta importante que debe surgir en este laboratorio es la diferencia entre un proceso de escritura de carácter creativo y un proceso de escritura más bien exegético. Sobre todo porque creo que buscamos alejarnos un poco del modelo de la exégesis. Eso no significa que no hagamos comentarios. Yo misma sentí que estaba comentando el texto. Sin embargo, también sentí que al hacerlo lo estaba usando como una ocasión o una excusa para pensar un problema filosófico que me llama la atención, es decir, como una excusa para ponerme en la tarea de filosofar.

Aunque un fuerte dolor abdominal me pidió encontrarme con ustedes el día de hoy, espero que estas breves reflexiones les den una idea de cómo fue mi proceso de escritura esta semana.

Quedo a la espera de sus comentarios, con muchas ganas de leer también sus textos y reflexiones.

Me despido con los mejores deseos.

D.A.

Reflexión, Diana Acevedo

Estar al borde del lenguaje. Estar al borde del mundo
Respuesta a “Fenomenología del daño: el “mal aire” y los rasgos del no- mundo para los habitantes de El Placer” de Angela Uribe


Lo recuerdo y las palabras están dormidas,
acoquinadas por este daño que viene como una maldición y
 nos convierte en un padecimiento vivo,
en una tristeza sin suspiros, en mal sin queja,
en un exterminio sin grifo.
Las fuerzas y el corazón se concentran en no desaparecer uno
en esta bolsa sanguinolenta y afligida
que pierde el impulso del rechazo a la humillación
que supone doblegar al otro, imponerle una voluntad ajena,
extirparlo de su vida, vaciarlo de posibilidad,
instancia de reclamo y reparación hasta enloquecer de pena y desconcierto.
El desuso de las palabras les quita su poder,
la virtud con que enfrentan el mundo y terminan de darle forma
(Burgos Cantor, La ceiba de la memoria)


Me enfrento aquí y ahora ante la pregunta por la experiencia del daño a través del texto de Ángela Uribe. En Colombia, país colonizado con un lastre de violencia enconado en su historia, la experiencia del daño no solo es cotidiana y compleja, sino que además pertenece a la memoria que compartimos sobre esta geografía. Y entonces me pregunto cómo recibir una experiencia que no he padecido en primera persona, pero que me concierne y me interpela. Cómo aproximarme desde un mundo pleno de sentido, aunque variable y sujeto a constante modificación, al borde, al filo del sentido donde el horizonte se desvanece, donde quizás el espacio y el tiempo detienen su expansión. Quiero hacer énfasis en la metáfora geográfica del espacio de sentido como un horizonte; la pérdida del mundo es un destierro que no implica un cambio de lugar de habitación, sino la pérdida de toda posibilidad de habitar el mundo. No hay cambio de lugar, sino desaparición de todo lugar, un no-lugar. ¿Qué significa este destierro? ¿Qué es lo opuesto al horizonte, o la negación del horizonte? El encierro. La reclusión. El horizonte nos indica por dónde continua y se expande el espacio, nos invita a movernos y recorrerlo; en oposición, el daño nos arranca del mundo en cuanto niega la condición de apertura del horizonte y nos recluye en un recinto cerrado, sin válvulas de escape, puertas o ventanas, y en ese sentido nos inmoviliza. 

El tipo de daño que sufrieron los habitantes de El Placer no solo se dio directamente sobre la experiencia del mundo, sino también de una manera indirecta y arrasadora sobre sus condiciones de posibilidad. Habitar el mundo implica tener la capacidad de atribuirle sentido, tener capacidad de movimiento, acción y producción. De modo que el mundo nos sea arrebatado implica quitarnos esas capacidades, eliminar sus condiciones de posibilidad.

Si aplico esta metáfora del horizonte y el recinto a la posibilidad de darle sentido al mundo, y con ello, de compartir con otros tanto el mundo como el sentido, reconozco que el lenguaje se estrecha al tiempo que se estrecha el mundo. Sin embargo, cuando doy el salto cualitativo a la experiencia límite de la pérdida del mundo, y del no-lugar, observo que el lenguaje, aunque limitado, no pierde del todo su capacidad expresiva. El mal aire y los aires fríos de la muerte, como nos dice la autora, son términos en sí mismos elocuentes. Estas expresiones nos indican el vacío o la ausencia de posibilidad de constitución de sentido que sobreviene en una experiencia del daño de este carácter. ¿Cómo es posible señalar con sentido la pérdida del sentido?

El lenguaje, al parecer, tiene una plasticidad especial que nos permite usarlo para indicar experiencias que rebasan sus límites. Si bien el correlato de la pérdida del mundo es la pérdida del sentido, no por ello perdemos todas las posibilidades expresivas del lenguaje, en la medida en que podemos indicar con él esa pérdida. Por medio del lenguaje se puede indicar lo que no se puede decir o describir. Aunque lo que se indica aquí es la pérdida de la intersubjetividad, de la comunicabilidad propia del sentido, este uso plástico del lenguaje nos permite hablar de al menos una capacidad que sobrevive a la demolición del mundo. Esto en modo alguno nos devuelve el mundo que nos fue arrebatado, pero quizás le abre un resquicio de aire o de luz al encierro en el que nos deja confinados la pérdida. 

Si hay una pérdida de la fe perceptual, de la confianza en la estabilidad de nuestras experiencias y de nuestra capacidad de acción espontánea y fluida, si hay una pérdida de la experiencia del mundo como algo compartido y en ese sentido dotado de alguna estabilidad, se puede notar cómo la gravedad del daño es infinita. Pero es digno de notar cómo quienes habitamos el mundo y no hemos sido desterrados podemos reconocer que no es posible tener acceso a esa experiencia límite, si bien es posible reconocer que hay un vacío insondable entre nosotros. Esto ya es un tipo de reificación de la experiencia de la víctima del daño. Esto es muy importante en la medida en que permite concederle existencia y realidad a esa experiencia, en lugar de reducirla a un sinsentido, que corre el riesgo de diluirse y asociarse a la no existencia, a algo que no puede ser porque no puede ser dicho. Parménides nos dice que lo que no es pensable, no es en absoluto, no puede ser. Pero la experiencia del daño, al ser puesta en términos de una expresión ambigua, denota que algo que es y parece que no puede no ser, no puede ser pensado, ni puede ser dicho. En esto consiste la manifestación de la gravedad suprema de esta experiencia. El tipo de comprensión que el uso plástico del lenguaje nos ofrece respecto de esta pérdida implica el reconocimiento de algo inabarcable e inimaginable. Nos ubica ante nuestros propios límites. 

La experiencia del daño que padecieron los habitantes de El Placer me interpela y me concierne. Me encuentro con la contundencia del hecho de que es o de que existe; en medio del mundo humano del que hago parte, me encuentro con la presencia irrenunciable, siempre sugerida y ambigua, de ese no-mundo.


Diana Acevedo
La Soledad, Bogotá
Abril de 2015

sábado, 25 de abril de 2015

Aforismos, Steven Castañeda

I
El corpúsculo, así como lo más propio de cada cosa en la naturaleza,  no permite el movimiento libre o desproporcionado de lo que está en su posibilidad; sino que lo libera según la especificidad de cada cosa. Es decir, la libertad consiste en medir o probar hasta qué punto se despliega la propia determinación de cada elemento en el mundo.

II
Se puede observar que el rayo es tan rápido como la luz y tan poderoso como un dios. El ojo óptimo verificador de la verdad puede parecer al notar aquella evidencia. Y nada podríamos asegurar que sea más o tan poderoso como un rayo. Pero ciertamente, más que el sentido de la vista, la Sabiduría es mejor develadora de la realidad; y al servir nosotros a ella, aquél don develador nos lo ofrece paulatina y sutilmente. Este es el de hacernos enterar que no todo es como lo vemos, sino que hay causas de las cosas que superficialmente vemos y que son más verdaderas y entendibles. Incluso tales causas son igual o más de fulminantes y han ido y van más rápido que los rayos de los cielos y son más potentes que el fuego de los volcanes. Pues su permanencia acaso es infinita y su creación es abundante.

III 
No se piense que el mar es algo desparramado y sin solidez, y la tierra algo aglomerado y sin armonía. Piénsese qué orden necesario y oculto hace que el curso de la naturaleza manifieste sus formas de tal manera, de tal condición que parezca desordenado o confuso para el hombre.
IV
Si las cosas en su especificidad no produjeran ellas mismas sus movimientos, acaso no militaría la diferencia y una calma invadiría la existencia de las cosas, las criaturas y los elementos. Pero el mundo y su curso parecen girar entorno a un perpetuo cambio que efectúa la confrontación, causado por un movimiento inducido por un poder interno en cada ser, que hace entender al que es testigo de estas evidencias (¿el hombre?), que todo es confrontación y lucha por un albergue y un lugar perecedero en el universo.

V
PEQUEÑA DESVIACIÓN O LIBRE ALBEDRIO 
Existe algo tan poderoso en la criatura humana que así como son capaces de las cosas materiales forzar el cambio determinado de las mismas y entre ellas; aquello potenciador que existe en el hombre puede favorecer del mismo modo u otro y refrenar en cierto sentido el curso de la materia, hasta doblegarla incluso. Aquella cosa parece insistir su presencia en el hombre y no en otras especies, y por ende proclamarse a la vez forjadora de un destino particular e incierto tanto para otras especies como para el mismo hombre. Pues su naturaleza decisiva consiste muchas veces en refrenar el aparente destino propio del mismo ser o transmutarlo…
VI
Toda materia posee su propia ley intrínsecamente, pero la materia y aquella ley intrínseca pertenecen a una ley mayor, propia de conjunto. Pues a esta última es asequible y propio un equilibrio en el cual no hay lugar a donde escapar de aquellas leyes universales, ni lugar de dónde generar unas nuevas leyes. “En la totalidad, los átomos producen las mismas cosas” (II, 295).

VII. I
Somos todos en uno y a la vez no lo somos. 

VII. II 
Un gran conjunto equilibrado es el ser de la materia y todas sus manifestaciones, por lo cual cada uno somos una de tantas manifestaciones y expresiones. Y a la vez no somos todos en uno porque precisamente funcionamos por individualidad, a razón de un límite que nos separa de lo otro externo. Tal límite nos indica el vacío que hay entre todos y no nos permite el mezclamiento o la armonía ideal con esa misma otredad o con el todo, aun cuando eso quisieran muchas doctrinas torpemente… “las cosas que se producen se diferencian en razón de su límite” (II, 518). 

VIII
El movimiento destructivo es al generativo lo que el caos al orden, la oscuridad a la luz o finalmente, lo que la muerte a la vida… Los dos compactan el inicio y el fin, la armonía, transformación, salvación, sepultura y perpetuación de las cosas.  

IX
Al  procurar conocer los principios de la naturaleza y sus respectivos designios, no nos daremos más cuenta de que su favor con nosotros es apartar del dolor a la mente humana. De ahí que aquella sensación negativa en el hombre, sea infringida por sus ambiciones de poder, riqueza y demás, y también por la ignorancia y falta de inducción al conocimiento y la contemplación de lo verdadero; ya que por ello se desvía en efímeros y fugaces objetos del deseo.  

X
El deseo, proyectado o concomitante a la naturaleza, forja sensata a la necesidad y pueril la ambición de abundante riqueza. “Algunos en compañía tirados sobre la blanda grama, junto a las aguas de un arroyo, bajo ramas de un árbol crecido, sin grandes gastos dan mucho gusto a sus cuerpos” (II, 25).

XI
Cuando huye el temor religioso, huye el temor a la muerte.

XII
A veces, como un niño que naturalmente teme a la oscuridad, un hombre puede vivir en un temor profundo, aun cuando su alrededor le sea todo luz, todo amparo y todo confianza.

XIII
Por golpe contra otro, o por propiedad de movimiento, los primordios son arrastrados o impelidos a moverse en el espacio.

XIV
No hay fondo, ni centro, ni nada que sostenga a todas las cosas.

XV
La búsqueda de una razón fundamentada subyace por una falta, el temor a la muerte.

XVI
Existen muchos cuerpos primarios que vagan por el vacío, a causa de no haber resistido la compactura inicial con otros para haber fundado algo más sólido. 

XVII
El movimiento es invisible y oculto, en comparación con la materia.


BIBLIOGRAFÍA
LUCRECIO (1995). La Naturaleza (Francisco Socas, Trad.). Madrid: Gredos. 2003

lunes, 30 de marzo de 2015

Reflexiones, Sebastián Bermúdez

Lucrecio, De rerum natura, I, 1-634

¿Por qué así y no de otra manera?

¿Acaso no eras tú el sol tan alto, tan inalcanzable que las aves veían desde lejos para entonar sus rumbos?

¿No eras tú ese cielo que contenía todo y al cual no se le escapaba nada?

¿No eras tú como aquella abeja que en su panal guardaba toda la miel para el invierno?

Tal vez los osos han venido a saquearla, tal vez notaste que las estrellas se caían de ese cielo, tal vez notaste que no eras sol, eras luciérnaga que recorría errante los pantanos buscando resguardo.

Encontraste la soledad a la vuelta de la esquina ¿no se suponía que dicha soledad tenía que ser de provecho? Decían que alimentarías con ella los caminos del filósofo, sin embargo, mírate aquí, tan anonadado, no pudiendo aumentar esa sabiduría que esperabas, sintiéndote vacío, esperando un eterno retorno de lo mismo.

Ahora pareces un desgraciado esperando la compasión de la cual desdeñabas, hasta aquí se siente el aroma de tu fracaso, desde aquí se ve lo bajo que has caído.

¿Qué piensas hacer? ¿Acaso piensas pasar la vida como un cerdo: estar revolcándote en la inmundicia y en el lodo en el que te encuentras? ¿Te quedarás contemplando más no harás nada? ¿Serás esclavo de los recuerdos? Si haz de recordad algo, recuerda lo siguiente: el olvido es la virtud sanadora. ¡Olvida! Deja ir y si es preciso regresa a la montaña, aléjate de los virtuosos, huye de los mercantes, desdeña de todo, derrúmbate, constitúyete desde tus cimientos.  Vive y no olvides: una vida está en todas partes. 

Ensayo, Steven Castañeda

LUCRECIO. De rerum natura
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PRIMEROS PRINCIPIOS Y ATOMISMO  

En un primer momento, vemos que para Lucrecio es de vital importancia aquél impulso potenciador y emanador de todas las cosas. Pues esto lo vemos reflejado en el puro alabamiento que atribuye a la fuerza de la atracción o del amor, representada en la diosa Venus. Y ¿no es este impulso aquella fuerza que mueve todas las cosas? Acaso sea ese impulso el motor mismo que inspira al filósofo a darle la bienvenida a su discurso poético. Pues se puede notar como es un canto a la vida, y a todo lo que gira en torno a ella en un principio bastante poético y luego más teórico. Quizá por ello las referencias terrenales, como por ejemplo el testimonio de las aves que cantan porque sienten tal fuerza en su interior, y aún más, cantan porque le dan la bienvenida a Venus, a tal fuerza divina, a la que mueve, a la que hace cambiar y mudar las cosas, a la que las hace emerger de la oscuridad. Posiblemente por ello, el canto y el poema mismo y las manifestaciones de la naturaleza en general, sea un síntoma o una expresión de afirmación terrena de la existencia. Podemos decir que en ello se vislumbra un primer vestigio de inmanencia, de sustancialidad en la naturaleza misma y no en una dimensión trascendente. Pues parece que se atiende al hecho de afirmarse, mantenerse y ser uno con los principios de la naturaleza, a pesar de ser esta propuesta, como todo, una percepción filosófica más. Vemos la insistencia en la captación de la diosa Venus, presente en cada manifestación de la naturaleza. Por más alejado que pueda sentirse el hombre o quien quiera que se sea, este fluirá y permanecerá en “Venus”. Pero por la misma razón que Epicuro le reprochaba a la gente su exaltada creencia a los dioses, creemos aquí que aquella oda a la diosa, es a un ímpetu o potencia más mundana y por ello, se ha hablado aquí con tal énfasis. Se entiende entonces, que la negación o mejor aún, indiferencia a los dioses, indica acaso la afirmación a las fuerzas de la naturaleza.
Así empezamos trayendo a colación el primer motor que para el filósofo mueve y rige de manera vital todas las cosas. Con ello tenemos como muestra de aquél elemento primigenio, y a la producción como efecto dinámico de todas las cosas, como aspecto de la generación de todo lo que existe y ocupa espacio. Por tanto, si se tiene en cuenta aquel principio, se verá que tal dinamismo no acaba nunca y que solo renueva. Pues de nada no puede llegar a ser nada, y de la esencia de tal dinamismo se mantiene un ciclo en el cual se destruyen y se regeneran las cosas. Esto, puesto que a cada ser, en su materialidad al cumplir con sus etapas de vida y posteriormente morir o desvanecerse, algo le subyace de vida, o de permanencia, y tal cosa es suficiente para la recreación de su especificidad. Por ello nos indica Lucrecio: “Porque si se produjeran a partir de nada (las cosas), de cualquier ser podría nacer cualquier linaje, nada necesitaría simiente” (I, 155). Luego vemos que es en aquella simiente que el filósofo quiere reafirmar en el dinamismo de la existencia de las cosas, de la naturaleza. Con esto queda claro que aquella simiente o semilla posee una especificidad, una singularidad, y con ello lo que queda al momento de su desarrollo es el proceso por el cual se manifiesta su naturaleza misma. Vemos también que, por la misma peculiaridad de lo que es cada cosa, posee un desenlace, pues insiste el filósofo en que si algo proviniera de la nada, el plazo de su duración seria incierto y por ello, arbitrario.
Con lo indicado anteriormente, se indica ya la permanencia de la materia en todo lo perceptible. O por lo menos en casos críticos, una parte mínima de esta. Así la afirmación eterna de las cosas por causa de la misma naturaleza que “no quiere” que nada perezca, sino que las cosas en su particularidad, se dispersen y engendren de alguna manera su continuidad en el tiempo. Y así puede verse ¿no? Pues a pesar de que las criaturas en su individualidad perecen, ¿no continúa su especie ganándole la batalla a la muerte y a la extinción? Luego, el tiempo a pesar de su infinitud, no logra acabar con la finitud de los seres.
Ya con eso, el filósofo nos introduce en el atomismo y en sus respectivos procesos. Procesos que rigen los cambios  y las transformaciones de la materia, su separabilidad y su predictible unión para su perfecta continuidad… “La naturaleza no consiente que se engendre ningún ser, si no se ve favorecido por la muerte de otro” (I, 260).
Aquellas partículas que cumplen con la labor de hacer cambiar y con el tiempo reconfigurar las cosas, se llaman corpúsculos, y para tal efecto, su actuación es invisible para los ojos humanos. De ahí que la naturaleza actúe y oculte sus designios, por lo menos, como ya se indicó, para los seres humanos. Aquellos corpúsculos, sin embargo no podrían actuar si no existiera el vacío. Pues este último es condición del movimiento de los primeros. Con esto tenemos que, por fuerza, un cuerpo se mueve y opone resistencia, pero jamás lograría aquello, si no tuviera aquel “espacio” por donde moverse. Y aquí se capta también la separación de los cuerpos, que siguiendo a tal lógica, no podría moverse uno, si no estuviera separado del otro. 
Ahora bien, si tenemos tales dos principios, como testigo y medida de todas las cosas, se puede inferir que no hay más aspectos condicionales para que algo exista. Y esto lo reivindicamos, por lo que no se podría imaginar algo separado de un cuerpo o algo diferente de vacío. Con esto nos indica el filósofo: “Y en efecto, cualquier cosa que nombre, o hallarás que es atributo de tales dos realidades o cosas, o veras que es su resultado” (I, 400).
Y con esto podemos ir vislumbrando la conclusión. Todo lo perceptible no es más que el juego entre aquellos dos principios. La conexión de la materia se produce por  el encierro del vacío, y su separación por la intromisión de este último. A causa de esto, la materia es quebradiza, y ha de dar paso a su recreación o regeneración en nuevas formas. Así por ejemplo, se entiende al tiempo como algo propio del movimiento de los cuerpos, como una cualidad, ya que sin que nosotros podamos captar el mismo movimiento y el cambio que proporciona, sin poder entrever aquel elemento primordial, no entenderíamos lo que el tiempo significa. Por ende cualquier atributo que se reivindique como posiblemente alejado de tales principios, ha de analizarse detenidamente, para luego ver que su fundamento no es más que aquel juego de causas primeras o principios terrenos de lo existente.

BIBLIOGRAFÍA
LUCRECIO (1995). La Naturaleza (Francisco Socas, Trad.). Madrid: Gredos. 2003.