domingo, 28 de octubre de 2018

Wilson Funeque, Video 1: Lugar de importancia personal

Este audiovisual se realiza en el contexto de la Práctica pedagógica: Creación audiovisual en el curso de filosofía antigua (2018-II). En esta creación las(os) estudiantes escriben audiovisualmente sobre un lugar con importancia para ellas(os) mismas(os). Cada quien se hace presente en el texto y da cuenta de los lugares que habita o habitó y la forma en que lo hace o hizo. También las(os) estudiantes exploran y plasman en la pantalla algunas de sus concepciones de mundo.



martes, 11 de septiembre de 2018

Miller Camilo Melo, Diálogo

Este diálogo se realizó en el marco de la propuesta de currículo alternativo en la asignatura Introducción a la filosofía antigua (prof. Diana Acevedo-Zapata), en interlocución con el paro estudiantil de 2017-II.

Presentación del diálogo: El Eduardo


Quien dialoga corre el riesgo de encontrarse con verdades. El filósofo, si es que aun consiente su envergadura de buscador de la verdad, tendría que abandonar los claustros e ir al acto del diálogo. Cuando Pascal formuló el famoso aforismo: “Todo mal humano proviene de una sola causa: la inhabilidad que tiene el hombre de quedarse quieto en una habitación” (2001: 56); fue prudente, tomó conciencia de las intempestivas cuestiones que podrían acaecer en un simple diálogo con el otro, y por ello creyó que el encierro le iba mejor al hombre. En efecto, imaginemos que al dialogar nos estrellamos abruptamente con un punto de vista sagaz, capaz de sumergirnos en la más profundas meditaciones, capaz de arrojarnos al cuestionamiento propio de las convicciones. Imaginemos que en dicho cuestionamiento encontramos a un yo que se contradice y naufraga entre un mar turbio de falsedades que alguna vez llamó verdad. Es cierto, y no deja de ser preocupante, que dialogar conlleva a un riesgo. Aun así, el acto de dialogar aguarda pacientemente a quienes la valentía y el gusto por la verdad les permitan navegar en aguas turbias. Considero que si de algo debemos preocuparnos es de dialogar correctamente con el otro. Saber dialogar, esa debe ser nuestra verdadera preocupación.


El objeto de este ejercicio dialógico consiste en conocer la percepción de la gente sobre el derecho a la educación, la universidad pública, y el problema de la desfinanciación; esto para comprobar si dicha percepción está bien fundamentada o, por el contrario, el interlocutor se contradice, o comete el error de que cree saber lo que realmente no sabe.

El diálogo se llevó a cabo gracias a la colaboración de dos personas que viven en Bogotá y hacen parte de la empresa Tampa seguridad, es necesario aclarar que ambas personas prefirieron que para el presente diálogo no se diera a conocer sus nombres reales.

 

Diálogo: El Eduardo


Personajes


Miller: autor del presente diálogo, es un estudiante de tercer semestre en la licenciatura de Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. A partir del análisis que realizó a algunos de los Diálogos de Platón, implementó el método socrático para comprobar si la percepción de sus interlocutores estaba bien fundamentada o se podría llegar a la refutación.

Luis: bogotano de 35 años de edad que trabaja en la empresa de seguridad Tampa, hace un par de años trabajó como “todero” en una Universidad pública así que está relacionado con el contexto universitario.

***
 
Miller: Martín es un joven de 18 años que se pasa gran parte del tiempo en la calle, la mayoría de veces ni siquiera entra al colegio y cuando entra lo hace para generar indisciplina. Es un pésimo estudiante, nunca ha hecho méritos para recibir un reconocimiento y en la comunidad educativa le tildan de vago. Por otra parte, Jonathan es un chico de 19 años que se destaca por sus altas calificaciones, por un desempeño admirable y además por un comportamiento intachable, día a día lucha por su sueño de estudiar. ¿Estaría de acuerdo con que la universidad le dé una beca a Jonathan en vez de a Martín ya que el primero se ha esforzado mucho más y ha hecho méritos en su estudio?

Luis: Claro, porque el muchacho se lo merece en cambio el otro no ha hecho nada… claramente es un vago.

Mil: Por lo tanto, estaría de acuerdo con que a la universidad sólo deben entrar aquellos que hagan méritos por su dedicación o por su capacidad, es decir aquellas personas que se ganen el privilegio a entrar como en el caso de Jonathan 

Lui: Claro en ese caso sí porque sería injusto que no entrara después de tanto esfuerzo.
Mil: Por lo tanto, ¿usted está de acuerdo con que a la universidad solo deben entrar aquellos que se lo merecen?

Lui: Sí, claro

Mil: Ahora le pregunto, ¿qué son los derechos?

Lui: Son los privilegios, como las garantías que cada persona tiene en su vida.

Mil: Podemos asegurar que ¿todas las personas tenemos derechos?

Lui: Claro, lógico.

Mil: Por lo tanto ¿se puede asumir que sin excepción alguna a todos nos deben garantizar nuestros derechos?

Lui: Desde luego que sí, el estado nos debe garantizar el cumplimiento de nuestros derechos.

Mil: Ahora bien, ¿la educación es un derecho?

Lui: Claramente que sí, la educación es un derecho, está establecido en la declaración universal de derechos humanos.

Mil: Entonces, si los derechos nos cobijan a todos, y la educación es uno de esos derechos, todos tenemos derecho a estudiar sin excepción alguna, desde los mejores estudiantes del país hasta los peores; contrario a la conclusión que antes usted había establecido: “a la universidad solo deben entrar aquellos que hagan méritos.”

Lui: pues sí, yo estoy de acuerdo con que se garantice el cumplimiento de nuestros derechos… pero también hay que reconocer quién se merece mayores garantías, a quién el gobierno debe colaborar más. Póngase por un momento en los zapatos de Martín, un muchacho que se ha esforzado para llegar a ser el más pilo de la clase, y el día de mañana al gobierno se le da por darle una beca al vago de la clase más no a Martín ¿le parecería justo?

Mil: si me pregunta sobre si es justo o no, yo le respondo que lo justo es que se garantice el cumplimiento de los derechos a todos por igual. El hecho de que un estudiante no sea tan meritorio en su estudio no justifica el negarle las garantías al ejercicio de un derecho que le corresponde, en ambos casos, sea Martín o sea Jonathan el escogido para una beca, es injusto pues se garantiza el derecho a uno, más se le niega las garantías al otro.

(En el diálogo interrumpe Eduardo, y se pronuncia de la siguiente manera:)

Edu: Yo estoy de acuerdo con usted, Miller. La educación debe ser para todos, pero desafortunadamente el gobierno ayuda a unos pocos y a los demás nos olvida. Es muy poco lo que se hace para garantizar verdaderamente el derecho a la educación.

En este país de lo poco rescatable en materia de educación es lo que se ha venido adelantando con el programa ser pilo paga (P.S.P.P.) Ojalá hubiesen más becas, ojalá este programa tan beneficioso nunca acabara.

Mil: Concordamos en nuestra intención para que se garantice el derecho a la educación, sin embargo diferimos en cuanto al programa ser pilo paga (P.S.P.P.). No estoy de acuerdo con la percepción positiva que se tiene de éste y no creo que este programa realmente sea beneficioso

Edu: Pero ¿cómo puede decir que no es un beneficio para la gente?, ¡es absurdo!, póngase en los zapatos del joven pobre de este país que no tiene ni para el bus, con una beca del pilo paga por supuesto que él y su familia se benefician. ¡Con lo caro que sale hoy por hoy la educación superior!; que le entreguen una beca del P.S.P.P. es un beneficio muy grande para la mayoría de personas.

Mil: Si usted gusta don Eduardo, dialogamos al respecto y hacemos que el objeto de nuestro dialogo sea el comprobar si realmente el P.S.P.P. es un beneficio para la mayoría, de lo contrario y si usted lo prefiere no se dialoga más. ¿Qué opina?

Edu: Hasta donde yo tengo entendido el P.S.P.P. es una iniciativa gubernamental muy buena, enfocada hacia el beneficio de personas de escasos recursos como lo somos la mayoría de colombianos, para que puedan ingresar a la universidad y así garantizar el derecho a la educación, es de lo mejor que ha hecho este gobierno pero me interesa dialogar. Le aclaro que yo pienso que el P.S.P.P. es beneficioso porque la mayoría de personas se benefician con sus becas.

Mil: Por lo tanto ¿usted quiere seguir dialogando?

Edu: Claro

Mil: Muy bien, le empezaré preguntando sobre ¿qué es lo público?

Edu: Lo público es aquello que beneficia a la mayoría de personas en este país, que somos de clase humilde y popular. Lo público es muy diferente a lo privado, que a la hora de la verdad no nos beneficia a todos solo a las clases más pudientes que en este país son solo la minoría.

Mil: No se lo había preguntado, sin embargo usted menciona que lo público y lo privado son dos cosas diferentes, lo público beneficia a la mayoría mientras lo privado solo a unos pocos, entonces aclaremos algo, ¿la mayoría de personas en Colombia somos de clase humilde y popular?

Edu: Yo diría que sí, en Colombia la mayor parte de la población la conformamos gente de escasos recursos es decir personas que no somos ni tan adineradas ni tan pudientes como sí lo son los ricos de este país que realmente son poquitos por eso los llamo minoría.

Mil: Entiendo y comparto lo que dice pues también creo que la mayor parte de los colombianos somos de la clase popular ya que nuestra situación económica no es tan favorable, ahora bien ¿qué son las universidades públicas?

Edu: A las universidades públicas yo las defino como aquellas instituciones destinadas hacia el beneficio de las personas. Estas instituciones al ser públicas, como ya lo dije refiriéndome a todo lo público, generan beneficio sobre todo hacia la clase popular pues el costo para ingresar a estudiar no es tan elevado como en las U. privadas.

Mil: Parece obvio que dentro de lo público se encuentran las universidades públicas, porque estas universidades, como usted lo dijo, benefician a la mayor parte de la gente, por tanto, ¿es correcto asegurar que el objeto de lo público y por ende de la U. pública es el de generar beneficio a la mayoría de personas?

Edu: Yo creo que sí es correcto.

Mil: Entonces, si lo que busca lo público es beneficiar a la mayoría de personas ¿podemos asegurar que lo público es importante?

Edu: Sí, por supuesto

Mil: Le pongo un ejemplo a continuación: resulta que el día de mañana el gobierno impulsa ciertos programas gubernamentales que perjudican gravemente a lo público, usted cree que ¿a estos programas debemos considerarlos beneficios?

Edu: No, claro que no es un beneficio, porque todo aquello que vaya en contra de lo público nos afecta a la mayoría.

Mil: Claro que nos afecta a la mayoría, y si fuésemos razonables diríamos entonces que todo aquello que perjudique lo público al afectarnos a la mayoría en ningún modo puede ser un beneficio, ¿está de acuerdo con esto?

Edu: Por supuesto que sí.

Mil: Ahora dígame don Eduardo, ¿qué es lo que sabe del P.S.P.P?

Edu: Lo que sé es que beneficia a la gente de escasos recursos económicos otorgándoles becas universitarias, el mismo Presidente de la República lo ha publicitado como un programa que beneficia a la mayoría de colombianos.

Mil: Bien don Eduardo, el objeto de nuestro diálogo es aclarar si P.S.P.P. es realmente un beneficio. Iniciamos nuestro diálogo tratando sobre aquello que es público, y acordamos que lo público beneficia a la mayoría, después aclaramos que al usted referirse a la mayoría de personas de este país se refería a la gente de escasos recursos, por eso ambos concordamos en que aquello que perjudica a lo público no puede ser un beneficio pues perjudica a la mayoría, ¿es así?

Edu: Exactamente es así.

Mil: Resulta que el programa P.S.P.P.es una de las causas más fuertes de la desfinanciación del sector público en la educación, para resumirle, sucede que con las becas se ha quitado recursos a las instituciones educativas superiores públicas y dichos recursos se desvían hacia las instituciones privadas. Como podría esperarse, la mayoría de estos jóvenes “beneficiarios” escogen sus becas en las instituciones privadas, porque creen que estas instituciones superan en cuanto a calidad educativa a las U. públicas lo que es una total mentira que en nuestros días pasa por verdad. Al escoger las U. privadas los recursos de las becas se van hacia estas universidades, que realmente no es que necesiten estos recursos tanto como sí los necesitan las U. públicas, ¿usted estaba enterado de esta realidad?

Edu: La verdad… no estaba enterado y ahora que me da a conocer la situación veo que es algo lamentable, por eso en este país estamos como estamos…

Mil: Usted me había dicho antes que aquello que perjudica lo público no podía ser un beneficio porque terminaba perjudicando a la mayoría ¿No cree que esta desfinanciación perjudica a lo público, en este caso a la U. pública?

Edu: Sí, eso parece

Mil: En efecto, esta desfinanciación de la que hablo perjudica directamente lo público, en este caso a la universidad pública. Es lógico analizar que si la U. pública se encuentra desfinanciada esto afecta su desarrollo pues no puede invertir en infraestructura, dotación, bibliotecas, laboratorios, cobertura, etc.; lo que afecta directamente a los estudiantes y demás beneficiados de la universidad pública. Le acabo de hacer caer en cuenta de que el P.S.P.P. lejos de beneficiar a la gente lo que hace es afectarle pues es una de las causas del desfinanciamiento público de la educación, y usted ha comprendido que la situación es preocupante. Aun así, usted empezó este diálogo defendiendo al P.S.P.P como un gran beneficio, como una milagrosa iniciativa que nos beneficiaría a todos, mejor dicho como lo mejor de lo mejor; sin embargo ahora está de acuerdo conmigo en que el P.S.P.P. perjudica a lo público, por tanto el P.S.P.P. no puede ser un beneficio porque según lo aceptó usted al perjudicar lo público nos perjudicamos la mayoría. Me parece que usted se contradice.

Edu: La verdad no sabía muchas cosas, no estaba enterado de la situación tan difícil por la que atraviesa la universidad pública y pues uno peca por la ignorancia, a la final termina aceptando y diciendo cosa que no son...

***


Al final de mi experiencia dialógica concluí que las personas con las que dialogué aceptan concepciones erróneas que muchas veces pasan por verdades, por ejemplo en el diálogo con Luis, él aceptaba: “sólo los inteligentes y los mejores deben ingresar a la universidad”, como Luis estaba tan convencido con este prejuicio, ignoró el hecho de que los derechos nos cobijan a todos, a todos por igual. Por otra parte, ignoró también que nuestros derechos priman por sobre los merecimientos. Al final Luis, mi primer interlocutor, cae en el mismo error contradictorio en el que Gorgias y Polo (en el diálogo Gorgias, escrito por Platón) cayeron al aceptar opiniones erradas y que no concuerdan con su pensamiento porque a la final son refutados.

En la segunda parte del diálogo, interviene don Eduardo Villamarín, un ciudadano de 66 años de edad proveniente de la ciudad de Tunja, su postura es clara, él defiende al P.S.P.P. como un programa beneficioso. Argumenta ante todo que el P.S.P.P. entrega becas que benefician a la gente de limitaciones económicas, es decir, la mayoría de colombianos. Él cree en su postura y no concibe que se le argumente lo contrario, pero al final del diálogo refuto a don Eduardo, pues él termina aceptando que el P.S.P.P. afecta a lo público y con ello a la universidad pública, por tanto reconoce que no puede ser un beneficio pues nos perjudica a la mayoría. Con esta refutación se demuestra que lo que él creía saber no era así. Don Eduardo desconocía la cruda realidad por la que atraviesa la universidad pública debido a la desfinanciación, de la cual, P.S.P.P. es una de las causas.

FIN

martes, 16 de mayo de 2017

Rigoberto Hernández, Carta a Natalia González

Bogotá, 13 de mayo de 2017

Reciba un respetuoso y jovial saludo Natalia.

De antemano le manifesto humildemente me excuse, esto porque a partir de su última carta he releído las mías, y pues he encontrado varias cosas que me generan amarguras para conmigo mismo. Debido a lo anterior, he variado partes en mis respuestas pensando en mejorar su comprensión, sé que esto altera la correspondencia pero, le repito, siento desazón. Tomando las cosas de manera positiva, creo que en la escritura epistolar el encuentro con el otro implica el auto encuentro.

En su última correspondencia, que me ha parecido justa, desafiante e interesante porque tiene en cuenta mis afirmaciones desde otra óptica, no puedo dejar de valorar sus palabras tanto manifestándome sus pensamientos, como exhortándome a mejorar mi escritura, algo que me agrada, me hace sentir más comprometido e interesado por hacerme entender y aprender cosas nuevas, esto lo recibo con un profundo aprecio. Sin embargo, siendo franco no sé cómo desarrollar estas líneas; principalmente porque siento la desconfianza sobre mis hombros. Buscando sobreponerme a este sentimiento y no dar la impresión de autocompadecimiento, pienso que escribir bien es algo que no se logra de la noche a la mañana y que por lo mismo es inútil sentirse afligido solo porque las cosas no salen bien a la primera.

Por otro lado, en relación con el contenido me centraré en un punto. Mentiría si digo “no con el ánimo de polemizar”, pero creo que dicho ánimo subyace y es notorio, por lo menos en mi correspondencia. Ese juicio de encontrar el debate molesto, ya sea porque es impertinente o pretencioso, creo que invisibiliza algo fundamental, y es el “aprendizaje” y el “deseo de aprender”. Además una postura pasiva frente al pensamiento del otro no necesariamente implica respeto.

El punto al que me refiero son “los vínculos entre escritura y verdad”. Yo comparto que la escritura no implique un compromiso con la verdad, pero ya que la escritura está más cercana a la “intención” e “interés” de quien escribe, además que el término “verdad” implica serios cuestionamientos, creo que la escritura implica un compromiso con uno mismo.

Desde este punto de vista la escritura posibilita un conocimiento propio, lo que es sumamente importante para la persona que lo valora y que se esfuerza en cultivarlo por medio de esta. Además la escritura como forma de sistematización del conocimiento es la memoria del ser humano. Esto ha hecho que se la subraye, y en ese sentido sea objeto de regulaciones. Pero esto no significa que la escritura sea la única forma para cultivar el saber.

Ahora, no estoy diciendo que la escritura está sobreestimada en tanto forma del conocimiento, de hecho compagino en que es necesario el saber escribir. Sólo que me parecen curiosas las regulaciones a las que es sometida la escritura para que su materialización tenga algún valor. A mi juicio estas regulaciones son inquietantes y, creo, se relacionan con la racionalidad. Influenciado por uno que otro autor me inclino a pensar que esta racionalidad es una de las tantas formas de conocer la realidad, pero que esta se establece como la única válida en virtud de cómo se acerca a la realidad, de su sistematicidad, de su rigurosidad etc., y por qué ha podido extirpar el interés.

¿Y es que hay alguna clase de relación entre la escritura y la racionalidad? Según lo veo, la escritura académica está ligada a la racionalidad en términos del método. En subdividir el problema en partes más sencillas, y después recomponerlo para comprenderlo. Ahora en la escritura que se exige en la academia esto se da, las ideas deben ser subdivididas en oraciones, enunciados, proposiciones y premisas que deben seguir un orden lógico. Se nos pide escribir diferenciando los elementos porque esto es sinónimo de razonabilidad. Básicamente digo que la forma (“la claridad”) con la que se nos pide que escribamos, distrae de lo importante, que pone el acento en el “cómo” y obvia el “quién”, el “qué” y en ese sentido obviamos la cuestión ¿qué quiere? Creo yo que en la escritura académica dicha cuestión está vedada en aras de la objetividad de lo que se escriba.

He leído las cartas de compañeros nuestros y me inclino a pensar que de una u otra forma algunos referencian algo similar. Yo lo repito de la siguiente forma: ¿Qué clase de interés se hace pasar por desinterés? Y en ese sentido creo que lo que se nos escapa es la importancia de la “historicidad”, porque tras un quién hay una historia.

Para terminar le agradezco la orientación que me propuso recientemente, ya que usted sugirió hablar de las historias lo cual me parece pertinente. Usted me hizo caer en cuenta que nuestra conversación tanto implícita como explícitamente tiene esto como transversal, es decir, la historia. Algo que retomo con agrado para decir que de cierta forma el qué y el cómo está mediado por la historicidad. Filosóficamente me inclino a pensar junto a Gramsci que todos los seres humanos son filósofos y filósofas en alguna medida porque se desarrollan en un tejido social, que tiene lenguaje, creencias, tradición en ese sentido que todos despliegan un discurso más o menos coherente que dan cuenta de una forma de percibir la realidad.

Nuevamente le agradezco compartir conmigo este espacio virtual, en que me manifiesta su ser y en que puedo ser, ha sido bastante estimulante para mí. Espero poder seguir con este ejercicio ya que me parece sumamente interesante. Quedo a la espera de su respuesta.

Con profundo aprecio

Rigo Hernández

Rigoberto Hernández, Carta a Natalia González

Bogotá, 14 de marzo del 2017



Estimada Natalia, inicialmente me excuso por la lentitud de mi respuesta.

De su carta hubo varias cosas que me llamaron la atención, voy a resumir de la siguiente manera los temas que creo trata de desarrollar, así mismo los trataré en el mismo orden:

1) Filosofía y las miradas

2) Historia de vida

3) Responsabilidad social con el otro

4) La escritura

5) Sentimiento de inconformidad y tristeza

Debo reconocer que me sorprendió su carta, como la meta es aclarar los sentidos de lo escrito, pienso que son buenas las segundas, terceras y hasta cuartas impresiones.

En cuanto a los dos primeros puntos, bueno, creo que uno expresa más de lo que quisiera con su corporeidad, su forma de mirar, y así mismo la historia de vida. Sin embargo el acto solamente de ver e interpretar es contemplativo hasta cierto punto, mientras que el acto de comunicación ya permite dimensionar al otro desde su historia de vida. En este sentido encuentro muy enriquecedor o formativo el hecho de conversar con las personas, claro, a veces también es difícil; uno tiene que luchar por expulsar fuera de uno mismo la desidia, apatía, microfascismos o el temor que implica el diálogo con el otro. Sin embargo, no le doy a este un carácter tan inocente, sino que pienso, igual que con la escritura, que la buena argumentación en el uno y en la otra son una forma de superposición ante lo otro. Esto lo trataré más adelante. De momento retomaré algunas cosas que considero importantes de la historicidad de una persona, y tomaré como ejemplo a mi padre, quien es una persona muy supersticiosa y digamos con fe. Se escapó de la casa desde los 5 años. Alguna vez me contó las razones, la verdad no las pude entender, eran una mezcla entre miedo a algo sobrenatural (brujas, fantasmas, diablo etc) y miedo a ciertas personas que lo trataban mal. Me contó lo que hizo de los 6 a los 20 años, las relaciones de amistad y hermandad que pudo construir con niños, niñas y jóvenes que estaban en la misma situación, cómo conseguían la comida (en combos se metían a las fincas y robaban mazorcas, papas, pollos etc, como él era el más pequeño, era el campanero, es decir el que vigilaba); todos los lugares que conoció y cómo llegó a Bogotá y se convirtió en un “Gamín”, cómo era esa forma de vida. Si le digo la verdad resulta bastante peculiar el comportamiento de Roberto –así se llama mi padre-, es bastante social y político, aclaro, no me refiero a que sea un líder social, nada más lejos de él que esa actitud, sino a la forma en que lleva sus relaciones sociales, con una prudencia, diplomacia y alegría pero al mismo tiempo con temor y prevención, estos se combinaban en sus comportamientos. Intuitivamente siempre juzgué este hecho; me desconcertaba su buen trato para con sus conocidos en público, pero su inquietud y hasta su dolor en privado por el proceder de estos, sus suspicacias por sus comportamientos.

Ahora puedo ver una astucia en su proceder, creo, su historia de vida le hizo entender que siempre dependió del otro. Nietzsche decía “la hipocresía también es una virtud”. Roberto experimentó la necesidad de unirse con otros y más siendo un niño de 10 o 11 años sólo, por eso siempre trata de gánarselos y al mismo tiempo siente prevención por el proceder de estos. Algo que se puede sintetizar en ese adagio popular que reza: “una sombrilla no es para un solo aguacero. A partir de estos diálogos con él y de la observación de su comportamiento social, me doy cuenta de una historicidad de la cual emergen sus propias reflexiones y puntos de vista. Algo curioso es que mi papá es analfabeta, entonces por supuesto no me las puede expresar verbalmente de forma articulada y racional, sin embargo sí lo hace mediante sus comportamientos mediados por la prudencia.

Por otro lado, yo concuerdo con usted, en que ni las dinámicas y ni los discursos se excluyen sino que antes bien se sobre pondrían de tal forma que se auto-legitiman mutuamente. Sería interesante ver hasta qué punto la misma escritura (en este caso occidental académica) es una forma de ésta lógica (auto legitimación mutua). El pensamiento racional occidental -pensando lo de “discurso hegemónico”- establece, precisamente desde el plano discursivo, las condiciones de lo racional. Es decir que el plano comunicativo es ya garante de las condiciones (o los modos) de lo que se incluye y excluye. El punto es que quizá hay cosas o discursos que tienen otros modos y registros, que exceden los parámetros establecidos, y son otras formas de acercamiento a la realidad. Como quiera que sea, mi cuestionamiento se centraba más bien en la enseñanza o el aprendizaje; alguna vez conversaba con un profesor que no hay enseñanza sino solo aprendizaje; porque en últimas el educando siempre aprende algo aunque no sea necesariamente lo que el docente pretendió. Por supuesto no lo digo en menoscabo de las prácticas de enseñanza y todo su rigor, método, disciplina etc., o su sustento como rama del saber que aspira al estatuto de cientificidad.

En relación con la escritura me parece que lo que manifiesta:

“Si hay que armar una oración de la manera más limpia y clara posible es para que el otro me entienda. Y si le debo exigir al otro que me hable de una forma clara es para entender lo que tiene para decir, o para decirme”.

Puede complementarse si tenemos presente que el mismo acto de comunicación implica sometimiento o pacificación; si bien es cierto que en la escritura, debo expresarme de la forma más clara para no dar cabida a malas impresiones de lo expresado[NG1]. Así mismo el otro debe hacer lo mismo en relación conmigo, también es cierto que esto es una forma de "agón", de lucha, de disputa, donde a las respectivas partes les corresponde tomar sus glorias según su capacidad para argumentar.

La disputa, por supuesto, no es mala. A mí lo que me llama la atención es una cuestión que se obvia: “que no solamente es” por una buena comprensión como se enfatiza generalmente, sino también por preponderancia. Generalmente se dice que nuestros puntos de vista tiene que ser racionales (claros y distintos) porque deben tratar de dar cuenta de la verdad[1], como si la tendencia a la veracidad fuera un criterio de objetividad, según se cree es muestra de que “no hay ninguna clase de interés o intención, que es la única forma para que ideas o palabras sean válidas” etc. Lo cierto es que este es un discurso que se autolegitima y legitima una forma de vida; sin embargo, yo pienso que no es una la vida que vislumbra cuál es la verdad y la defiende, sino que a la vida en determinadas condiciones le es inherente una clase discurso que asume como verdad y lo defiende.

Para mí, el interés por escribir tiene que ver esencialmente con encontrarme para después reencontrarme; si debo escribir, debo inicialmente conocer o intuir lo que quiero expresar, lo que implica encontrar lo que motiva mi deseo de comunicación, para después expresarme (ser) de la forma más clara. Se supondría que el otro, si quiere acceder a mí, tendría que hacer lo mismo, también se supondría que el carácter racional mutuo me permitir perderme en su sentir (ponerme en su ser) para después volverme a reencontrar. Podría parecer que tiene un carácter individual, sin embargo, creo que este deseo de auto encuentro implica necesariamente al otro y tienen un carácter político; éste halla fortalezas y debilidades propias, solo porque siente la necesidad del otro y busca principalmente acercarse a él. Se supondría que en este ejercicio de tránsito de lo interno a lo externo y viceversa, del sujeto a su entorno y viceversa, estos se mejorarían dándose así, no crecimiento de cada uno, pero una forma de interacción.

Lo anterior no excluye el aspecto económico, no pretender aprender algo si este algo no me garantizara en cierta forma una mejor condición de vida; la escritura en la academia representa junto a un crecimiento humano intelectual, ético, político etc, una seguridad económica. Por supuesto tampoco creo que esto sea negativo, digamos que con arreglo a mis prioridades e intereses convendría más una orientación de la orientación pedagógica. Finalmente pienso que en la medida en que el escribir filosófico –aunque aún no sepamos muy como de hace -compromete el pensamiento y la acción, hay un carácter vital para lo educativo, que acentual el compromiso y la conciencia de esta práctica. Aunque también cuestión hasta qué punto lo que se entiende académicamente por filosofía, considere “para ser transformada transforme”, aportes de las prácticas de enseñanza.

Para terminar quisiera decirle que también me identifiqué con varios de los sentimientos que expresa. También llego a sentir ese malestar con la sociedad y por el sufrimiento humano, pienso en el poder que tiene la mente sobre lo que percibimos como realidad. No digo que la realidad fáctica sea superficial frente a la mental, pero si algo he podido aprender en la licenciatura en filosofía, desde una comprensión vivencias y no meramente intelectual, (que me ha permitido adquirir una visión más profunda de mi realidad) es la necesidad humana de arraigarse a algo, me hace acordar de una frase de Nietzsche:

“Un filósofo: es un hombre –también una mujer– que constantemente vive, ve, oye, sospecha, espera, sueña cosas extraordinarias. Alguien a quien sus propios pensamientos le golpean como desde fuera, como desde arriba y desde abajo, constituyendo su especie particular de acontecimientos y rayos. Acaso él mismo sea una tormenta que camina grávida de nuevos rayos, un hombre fatal rodeado siempre de truenos y gruñidos y aullidos y acontecimientos inquietantes. Un filósofo: ay, un ser que con frecuencia huye de sí mismo, que con frecuencia tiene miedo de sí, pero que es demasiado curioso para no volver a sí una y otra vez…”

Quedo atento,

Rigoberto Hernández Sánchez

Posdata: en relación con los sabores y las caras, también podría ser que la oralidad, inicialmente entendida como gusto y no como narración, sea un hecho fundamental para él bebé toda vez que a cierta edad (al cachorro humano) esta se le presenta como una forma de acceder al mundo desde sus limitadas capacidades que están en desarrollo. No digo que es la única forma en que el bebé se acerca al mundo, pero sí una de la que yo hacía uso. De esta, y del placer que producen los sabores, queda como reducto, en los estadios subsiguientes de desarrollo del ser humano –presumo yo–, una estructura o imagen mental que, aunque difusa, se pueden asociar otras impresiones. En mi caso relacionaba las características de los sabores con el rostro como una forma de conocer a lo nuevo a través de lo ya conocido. Es decir, como una forma de asociación de lo ya conocido o experimentado (en este caso los sabores) a lo desconocido que causaba asombro, los rostros y corporeidad de las personas y cómo de estos provenía olores característico. Presumo que en la edad inicial del ser humano –primera infancia, infancia y pubertad– este puede percibir una gran variedad de estímulos, capacidad que se va apaciguando y los estímulos van perdiendo su vivacidad al ser naturalizados. La inteligencia como capacidad que crece y se abre paso, se fortalece teniendo como base las experiencias pasadas. La cuestión que me llama la atención ahora es si acaso ¿relacionaba a personas con lo dulce por lo agradables que pudieran ser para conmigo? o ¿o relacionaba los rostros de las personas sólo en virtud de sus características de la cara y odoríferas?


[1] La correspondencia entre lo dicho y lo acontecido, o entre el pensamiento y el objeto.
[NG1]No es para eso, es para que por lo menos se entienda qué es lo que dice el otro.

lunes, 15 de mayo de 2017

Rigoberto Hernández, Carta abierta


Bogotá D.C., Colombia
21 de Febrero de 2017

Compañeros y compañeras docentes en formación
Licenciatura en Filosofía, UPN
Seminarios de clásicos contemporáneos de la filosofía de la educación.


Respetados escuchas:

De antemano les manifiesto un cordial saludo como corresponde, la presente tiene como fin entablar redes de comunicación sobre el primer punto del seminario (experiencia propia de la profesionalización de la filosofía en la licenciatura) por lo que brevemente expondré uno que otro elemento anecdótico y reflexivo de mi vivencia en la licenciatura. Inicialmente consideraré una dimensión humana refiriéndome superficialmente al deseo de saber, en este sentido consideraré mi acercamiento a la filosofía desde lo espontáneo y libre en periodos de mi infancia, preadolescencia y adolescencia para después abordar el tema en cuestión.

Vagamente recuerdo que en la primera de estas etapas esperaba la ocasión en que no tuviera nada que hacer. Por ejemplo, en el transporte público, sobre las piernas de un familiar, conocido o de alguna persona que se ofrecía a llevarme, veía a las personas y curioseaba en sus rostros, qué relación podrían tener con los sabores ¿a qué sabe ese rostro? creo que pensé. Algunas caras me invitaban a pensar en dulce, salado, insípido o seco, amargo, etc. Recuerdo también lo sensible que era a los olores; al ser fuertes estos me generaban náuseas, este hecho estaba relacionado con sus rostros.

Otro punto importante fue la música, aunque no me atraía cualquiera. En la medida en que me interesó la lírica, sólo escuchaba en español, y aunque el ámbito instrumental me conmocionó emocional y sensualmente, repasaba una y otra vez las letras para hallar la historia y encontrar el sentido de géneros como el rock y algunas derivaciones del metal. Los géneros populares no me llamaron la atención desde lo instrumental y lírico, escucharlos durante tanto tiempo en situaciones determinadas hizo que tuviera una idea de estos algo peyorativa, por supuesto jerarquizaba estos géneros por juicios de valor que establecen lo bueno y lo malo –aún se hace, la diferencia es que ahora el discurso es más racional con lo que quiero decir más “elaborado”–. No entendía la dimensión identitaria que obedecía a formas particulares de percibir la realidad. En este momento pienso en la relación poesía-filosofía por la sabiduría que se manifiesta en ambas.

Claro también se puede decir que esto no es propiamente filosofía ya que carecía de conceptos, método, categorías, universalización etc. Algo con lo que estoy en parte de acuerdo, pero en lo que no me voy a detener. Quiero poner el acento en la dimensión humana que es el deseo de saber y con esto situar la filosofía en el ámbito de lo vital. Hasta aquí puedo decir que es un acercamiento que partía más de dejarse fluir en los pensamientos que suscitaron los estímulos, o mediado por la poesía, sin embargo creo que estas y otras experiencias (y el placer que me generaban) hicieron de acicate para sentirme atraído por la pregunta y a la postre por la filosofía.

En la adolescencia me retiré del colegio y después de un tiempo de trabajar regresé. En el último periodo de la vida escolar este gusto se concretó como una orientación para mí dicha. La Universidad Pedagógica Nacional hacía apertura del programa de Licenciatura en Filosofía, hice las diligencias necesarias para abrirme esta posibilidad, claro si bien a los 20 años no tenía las cosas claras –menos una proyección profesional con sus implicaciones– sí tenía claro que quería saber de filosofía hasta llegué a intuir que lo que vería sería “historia de la filosofía”.

Inicialmente mi ingreso a la formación profesional fue tremendamente tedioso y desorientador en la medida en que era eminentemente discursiva; imagínense ver durante dos horas o tres a una persona que mueve la boca, se escuchan palabras que medianamente se articulan para construir sentido, que se logra principalmente de los contenidos que el estudiante tenga.

Las personas que sabían de filosofía asentían con la cabeza o musitaban: “aja”. Uno intuía que tenían su propio lenguaje al cual era necesario acoplarse, tal cual un módulo, bajo las exigencias de la escritura y la lectura rigurosas. Quisiera decir que ni la una ni la otra fueron problema pero nadie y principalmente yo podría creerlo. Hablando con algún compañero me decía: “la escritura es muy difícil como la quieren ellos, por no decir una mierda. ¡Ya sólo dejen escribir!”. Y hasta cierto punto tenía razón: ¿Hasta qué punto ciertas dinámicas de la normalidad educativa limitan el aprendizaje, ya que este es experimentación y en estas no hay tiempo? Si bien es cierto que la escritura filosófica en virtud de su identidad debe tener ciertos parámetros, estos no se logran de la noche a la mañana por genialidad o inspiración sino que se forjan en la práctica disciplinada, algo que por lo menos para mí resulta difícil. Aún hay textos que no puedo comprender e ideas que no puedo expresar sintéticamente salvo de una forma plástica.

En este punto tuve una noción de la filosofía estéril en tanto actividad práctica; se reducía a algo para lo cual no era bueno y en lo que no podía ver un avance. Aunque –se supone– sabía cómo hacerlo, no podía hacerlo bien según lo sugieren los parámetros. Creo que fue una percepción repetitiva que me llevó a sondear la tristeza de sentir que no aprendo. Resulta lacerante pensar que estamos determinados a caer una y otra vez con la misma roca; digo –entrados en este punto del desarrollo de nuestra conciencia– podemos suponer que no habiendo un fin predeterminado para el ser vivo, la vida adquiere sentido en la medida en que se aprende y si no se aprende ¿qué sentido tendría? Afortunadamente tenemos esta habilidad y creo que debemos buscar formas para potenciar y mantenerla.

Algo curioso que me interesa destacar brevemente es que el ejercicio práctico de la enseñanza me ayudó a superar este estado. A pesar de haber tenido una experiencia más numerosa en la enseñanza (en la pre adolescencia tuve contacto con un grupo de profesores que se centraban en educación popular) la licenciatura pasó desapercibida, este factor se caracterizó lentamente al dimensionar sus implicaciones, mis condiciones socio-materiales y por supuesto las condiciones de subalternidad de la educación y la filosofía en un país como Colombia.

Por supuesto el ámbito social-material siempre está presente. Abiertamente se debe decir que las posibilidad de desarrollo personal que representa la universidad (profesionalización) están ligadas al desarrollo económico y material; más allá de toda idealización de orientación están las promesas de mejores condiciones de vida, es decir, de ascenso social. Claro, también se puede decir que esta percepción obedece a la desaparición de los fines de la formación humanista, pero esto no hace que la realidad de la que se deriva sea menos cierta, resulta ingenuo creer que las circunstancias del entorno no condicionan en parte al sujeto, además si algo he podido forjar –se supondría– es una postura crítica, por lo cual uno no traga entero ciertos imaginarios colectivos. Teniendo en cuenta lo anterior las posibilidades de encontrar un trabajo formal no son muy estimulantes; todo lo que no esté en función del rublo económico es inútil –se piensa– por lo mismo la filosofía y su carácter humanístico no es valorada. Se sale a competir y en este sentido es necesario desarrollar otros saberes, español, historia, sociales, inglés etc., lo que no quiere decir necesariamente darle una carácter interdisciplinar a la filosofía.

Tanto la una como la otra (la dimensión filosófica como pedagógica) demandan un vigor intelectual y emocional. También se puede decir que desde el punto de la misma enseñanza la universidad no prepara; gran parte de lo que se habla y se escribe en el claustro universitario no retrata el acontecer en el aula escolar, supongo que de ahí la importancia del periodo de prácticas.

Finalmente, hoy después de haber recorrido parte del entramado puedo decir que la profesionalización de la filosofía, como Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pedagógica Nacional, tiene como campo de referencia situaciones vitales en tanto necesidades individuales colectivas e históricas, que ponen sobre la mesa la importancia de la filosofía como reflexión de la realidad individual y social.

No siendo más me despido agradeciendo la atención prestada, quedo atento a cualquier inquietud o sugerencia.

Atentamente,

Rigoberto Hernández Sánchez
Docente en formación

lunes, 8 de mayo de 2017

Crhristian Palomino, Carta a Sergio Hernández


Para: Sergio Hernández

Me place compartir de nuevo este intercambio de ideas por medio de correspondencias. Amigo mío, también pienso que debemos enfocarnos en conocernos a nosotros mismos, pero pienso que también esta labor exige mucho de nosotros mismos. Claro, es un esfuerzo que vale la pena, pero considero que mientras pensamos en nosotros y configuramos nuestro pensamiento, no debemos olvidar en dónde desempeñamos esa labor. Con esto quiero decir que, a pesar de emprender una búsqueda de este tipo, el entorno y las personas que lo habitan pueden dificultar esta labor. Mientras nos buscamos a nosotros mismos debemos tener cuidado de no estar buscando otra cosa, pienso que es fácil hacernos una idea toxica de nuestra posición en este mundo, pues hablar de que haya alguna posición completamente errada me parece un poco presuntuoso. Así que, siempre y cuando lo que reflejemos en nosotros y lo que nos constituya, sea cierto, imponerlo o buscarlo en otros puede resultar perjudicial para nuestros intereses. Pero también es cierto que frente a los otros o en el contacto con los demás, es posible que se haga más clara nuestra propia visión de nosotros mismos, rechazando todo lo que nos limite y subyugue.

Mientras vivimos nuestra propia vida frente a nuestro entorno, y frente las vidas de los demás, posteriormente, pienso que en algún momento nos sobrepondremos a todo eso para priorizar solo nuestra vida. Las paradojas y contradicciones del mundo nos mantienen despiertos y atentos para no dejarnos engañar. “El hombre que más ha vivido, más no es aquel que cuenta con más años, sino aquel que ha sentido más la vida”. Una contradicción que expone Rousseau, pertinente para motivarnos a vivir en el sentido vitalista del término.

La displicencia para ser activo -en el sentido nietzscheano del término-, nos reduce las posibilidades y pienso que también nos limita a solo preocuparnos por articular pensamientos aparentemente razonables y reducirlos a simple producción discursiva. Pienso que siempre hay algo más, siempre se nos olvidan otros tipos de expresiones para suprimirnos y limitarnos a las simples oratorias. ¿Qué ha pasado con la música, el arte y otras manifestaciones? Una canción o un grafiti muchas veces dice más que alimentar nuestros egos frente a un público en un coloquio. Qué desagradable tener la necesidad de convencer a los asistentes a una conferencia, qué afán de hacer que todos estén de acuerdo conmigo. Se dice que no se busca una verdad absoluta, pero hacemos de nuestras tesis pequeñas verdades aparentemente absolutas. Dejamos de buscar la “verdad”, para revolver el mundo con “verdades”. Pienso que es totalmente absurdo, parafraseando a Fanon y agregando la palabra razón “para qué quiero que me consideren inteligente [o razonable] si antes de salvar vidas, las destruye”.

“Vivamos, ya que esta vida carece de sentido” dice Cioran. Mientras nos aferremos a menos verdades, pienso que es posible ser más creativos. Aunque es cierto que la razón está tan impregnada en nosotros que muchas veces se apodera de nuestras expresiones. ¿Piensa usted que la razón está implícita en el ser humano? ¿Qué papel juega la irracionalidad en la filosofía? ¿Creería usted que si la razón ha configurado el mundo tal como lo conocemos, es necesario empezar a pensarnos otras alternativas para romper ese esquema? ¿Cómo podríamos hacerlo?

Espero que de la lectura de esta carta surjan otras cosas,

De: Crhistian Palomino

Sergio Hernández, Carta a Crhistian Palomino


Para Crhistian Palomino.

Querido amigo, me dio alegría el recibir su carta. Déjeme decirle que estoy de acuerdo con usted en que somos construidos también en las conversaciones que mantenemos con otros, ya sean allegados o desconocidos. Pero bien sabe que cada conversación no es en defensa de un punto de vista personal, el cual contrastamos indiscriminadamente al de los otros. No se trata de una lucha en la que el discurso de alguno debe salir triunfante. Para esta lucha de discursos se abren otros espacios que son más del talante académico. Pero si intentamos responder a la pregunta sobre la vida filosófica, como deja manifiesto al final de su carta, debemos dejar de lado este tipo de consideraciones que pretenden posicionar nuestro punto de vista sobre el de los otros. Es decir, no por estudiar filosofía debemos ostentar, como en un impulso de charlatanería, nuestros conocimientos.

Verá, le contaré, no fue por ser invencible en el arte de la retórica por lo que me interesé en el estudio de la filosofía. La filosofía me ayudó a comprender que la única persona que debo intentar convencer primero que nadie es a mí mismo. Al igual que a muchos otros la filosofía llegó a mí en el colegio por parte de un profesor admirable que, en un despliegue de sabiduría popular, me abrió una forma distinta de ver el mundo a mi alrededor. Recuerdo que alguna vez en una de sus clases saco un billete de 5.000 pesos en frente de todos para explicarnos el valor del dinero, enseguida nos explicó que ese billete era la representación, antes, de un oro existente en el banco de la república. El billete en sí es solo una representación, un valor ficticio y para demostrarlo, inmediatamente saca de su bolsillo un encendedor y le prende fuego mientras decía: “el que el papel arda no significa que arde el oro que está en el banco, solo que yo ya no tengo como demostrar que ese oro me pertenecía”. Para mí, el hecho fue impactante, al igual que para mis demás compañeros de salón, pero seguro no fue de la misma forma. Hablando de mi caso, la seguridad del contundente mensaje fue de gran influencia en mí. Es como un aprendizaje cínico, como Antístenes enseñándole a Diógenes: hay dos cosas en el mundo, unas que puedes tener y otras que no, nada que sea una representación se puede tener, pero en cambio sí se pueden jugar con ellas, en ese momento se vuelven tuyas. Por supuesto, hablar de los cínicos no era la intención del profesor, su ética era muy parecida, a mis ojos, a una ética cínica, pero de ninguna forma pretendía dar a entender tal cosa. Así era ese sujeto no tan sujeto, lo veía liberado por el conocimiento, con la frente más en alto que cualquier otro y, sin embargo, solo manifestaba una sonrisa infantil y un saludo sencillo. ¡Que maravillosa persona! Diferente digo yo a otros, ya sean profesores o personas con las que uno conversa, que se convierten en “amos del discurso”, y pretenden a toda costa ser los poseedores de la verdad. Algún interés han de tener en considerar necesario el defender tan puntualmente un discurso ¿no lo cree así? Hay una diferencia considerable entre decir filosofía y hacer filosofía. ¿El hombre puede tener ambas en sí mismo? Considero a este tipo de hombre un filósofo. Espero no me malinterprete, Crhistian, no estoy satanizando el discurso, satanizo a quien lo aprende con ánimo de tener la razón en algo, lo cual siempre involucra al otro y no como alguien que toma para sí lo que necesita de todo lo que se pueda escuchar y aprender. Si aprendieran correctamente sabrían que es insensato defender con la vida un discurso y cobarde tener un discurso para defender su propia vida. Existe egoísmo y vanidad en estas formas de pensar, otra enfermedad.

Por ultimo quisiera decirle amigo mío que, en la siguiente carta, en la medida de lo posible, me gustaría llamar la atención sobre el tema de la razón. Este no es tema minúsculo en nuestra discusión. Considero, uniendo cabos, que la razón da posibilidad al discurso ¿pero de qué manera cree usted que lo hace en tiempos como los de hoy en donde el discurso se posiciona incluso sobre la vida? ¿Qué clase de discurso ha de ser el del filósofo? ¿O será más bien restarles veracidad a los discursos una labor propia del filósofo? Estas son las consideraciones que le dejo.

Nuevamente, con sincero aprecio,

Sergio Hernández